
Ante todo me presento: Paulita Krizanovic, 26 años recién cumplidos y no asumidos (aún) estudiante eterna de comunicación social en la universidad más absurdamente sobrevaluada del país, aspirante en construcción a periodista y of course, ghost writer.
Dejando de lado las introducciones James-Bondianas, hace unos días, conversando con un ex jefe me enteré, a casi dos años de tener el mismo trabajo, que el término técnico -¿poético?- para la actividad que desempeño es “ghost writer”. ¿Despistada? Quizás. Hasta ahora me había autodesignado (autoinventado, como hace todo el mundo) “periodista invisible”. No estaba tan lejos del término inventado socialmente.
Según mis fuentes, es cada vez mayor la cantidad de libros que no son escritos por quienes los “autorean” (¿inventé otra palabra?). Mis compañeras de trabajo y yo hacemos lo propio pero en periodismo. Para colmo, de a poquito voy conociendo más y más periodistas con team propio, y más editores a los que esto les viene bárbaro.
No puedo decirles lo malo que puede ser para el autoestima trabajar de fantasma invisible. Esto teniendo en cuenta que el trabajo, y no lo digo yo, es la forma en la que nos insertamos en la sociedad, nos hacemos un lugar en la cadena de sentido. Pero esto –que no es para exagerar- suele de repente aparecer como “grave” cuando te toca cruzar la barrera de los 25 hacia el otro lado y te pega peor que las canciones que escribió Sabina cuando estaba deprimido (que son las más deprimentes que conozco).
Claro que quienes leen el blog saben que yo no escribo historias deprimentes (para eso está Sabina que lo hace bien). Y a esta altura se habrán dado cuenta de que este texto tiene final feliz, ya que está especialmente escrito para los escritores fantasma invisibles.
Como fan de las películas de terror y sangre que soy, no puedo más que sentirme contenta por pertenecer por fin a alguna especie sobrenatural como tantas hay. Por caso, vampiresas chupasangre –hoy conocidas como “botineras”- mutantes devenidos en bellezas exóticas que adornan las pasarelas de moda, y finalmente políticos, punteros, dirigentes de clubes de fútbol, policías y otras yerbas terroríficas.
Los fantasmas me generan una singular atracción luego de haber leído durante el CBC el libro “Los otros”, de una autora cuyo nombre no recuerdo y no pude ubicar. En el libro se incluye a los fantasmas en el grupo de “los otros”, los personajes típicos de la literatura que nunca son protagonistas, y por supuesto, nunca tienen la palabra, no cuentan la historia (les suena?). Y así la autora invita a producir un cambio radical: darle la palabra a los otros, a los marginados, los que han permanecido sin voz. Como verán, un mensaje social más que revolucionario, que trasciende sin duda el ámbito de la escritura, la semiótica o el periodismo.
Y es que las películas de terror, por largas que sean, tarde o temprano terminan. Este es el mensaje que quería dejarle a mis colegas invisibles. Ojalá algunos pasen, comenten, y firmen; dense el gusto de romper el silencio fantasmal y empecemos a cambiar la historia.
Y disculpen aquellos a los que no les gusta el divague semiológico de las 3 de la mañana. Seguiré analizando en el futuro otros términos inventados y reales acerca del periodismo o el mundo académico, pero prometo hacerlo a horas más razonables donde la cabeza funcione como corresponde.