Otra mortal de pelos

noviembre 26, 2013

Hace un par de años escribí una reseña de una película que me obsesionó por un breve tiempo. Se trata de Ekusute, largometraje de terror japonés en el que, en un argumento brillante a mi entender, el malo de la película, el monstruo innombrable, el sujeto temido de otro mundo no es otra cosa que un manojo de extensiones de cabello.

Fantástico, pensé en ese momento. Los japoneses son bárbaros y cuando parece que está todo inventado, se les ocurre una película con extensiones asesinas.

Imaginen mi sorpresa al encontrar un corto, ahora tailandés, con similar argumento. Se trata de 3AM, un film lanzado en 2012 con tres historias en las que el horror sobrenatural se desata a esa hora, “cuando los fantasmas tienen más poder”.

Aquí también ocurre, con menos brillantez, el robo de su cabello a un cadáver brutalmente asesinado. Así, una maldición desembarca otra vez en una pequeña peluquería. Concluyo que los orientales no estaban tan obsesionados con sus ojos como demostraban en el animé y algunas películas como “El grito”, sino que pusieron el foco en el cabello. No es para culparlos, el pelo de las orientales suele ser infaliblemente lacio, sedoso, permeable a cualquier cambio o peinado que estas decidan lucir.

Otra obsesión en esta y otras pelis del rubro es la necrofilia. Con lo exitosos y naturales que pueden resultar esos pagos para crear leyendas y mitos milenarios donde apoyar creíblemente un contrato de lectura con el espectador, igual prefieren estos autores ir de lleno al morbo cadavérico. Una morgue en cada estreno.

En fin, en 3AM recaen también en algunos vicios de las pelis yanquis: el grupito de chicos cool carilindos que inevitablemente deben morir de formas horribles para que la historia avance, rivalidad entre hermanos, padres ausentes, overkill (gente que sigue pataleando y gritando después de recibir varios balazos o puñaladas), etc. Lo que van ganando en experiencia y calidad me parece que se pierde en originalidad.

Dicho esto, qué queda por decir del terror argentino…. nada, brilla por su ausencia y no pasa de ataques zombi a los supermercados en protesta por la inflación. La semana pasada incluso le pregunté al encargado de una conocida librería si podía recomendarme un libro de terror que no fuera de Stephen King y no supo qué responderme. “Hay que escribirlo”, le dije.

Los japoneses, chinos, tailandeses, coreanos se enamoraron del género “terror teen” y le sumaron el estilo en el que si son expertos indiscutidos: la tortura. Abundan muertes violentas pero atípicas, originales, a las que se agregan asesinos sádicos con mil trucos para llegar al mismo objetivo, pero tomándose su tiempo. Otra que gangsters y mafiosos. Creo que hasta “Harry el Sucio” frunciría.

Aunque también en estas películas hay dos contrapuntos con lo anterior, y una gran diferencia respecto del cine al que estamos acostumbrados: lo sagrado de la familia –en especial el respeto a los mayores- y lo valioso del amor, en un formato ni zarpado ni meloso. Casi como un descubrimiento.

En Youtube se encuentran uno tras otro estos éxitos completos, con subtítulos en inglés. Si quieren empezar por algún lado les recomiendo un par de títulos que vi en estos días y que respetan el patrón: puros secretos familiares y maldiciones ancestrales, como debe ser para no caer en la simplista explicación psicológica de la escuela de ficción occidental. En esta selección no hay tortura y si, son todas de teens. Para morirse de miedo y de risa nada más.

“Ghost child” – Una adolescente comienza a experimentar sucesos sobrenaturales tras la muerte de su madre y después de conocer a la nueva (y joven) novia de papá, que viene además con “sorpresita”.

“La maldición de los abandonados” – Un grupo de universitarios se propone conocer una vieja mansión con un embrujo de amor, que es mencionada en un popular “best seller”. El escritor, responsable por revelar este secreto al mundo, emprende la tarea de rescatarlos. Pero la fallecida “dueña de casa” se empeña en castigar a quienes no superan la prueba de amor, a quienes engañan o lo dan por sentado. Una ídola.

“Alguien detrás de ti” Una exitosa joven presencia como sus familiares y amigos intentan uno a uno asesinarla y se apoya en un compañero de estudios, acusado de haber matado a su padre, quien también parece ser víctima de una maldición (un poquito demasiado, ¿no?). Acá hay mucha -pero mucha, muchísima- sangre, con trocitos de cosas flotando, mensajes premonitorios a través de sueños, secretos familiares, todo el combo y envidia de la buena fortuna fraternal, algo que en las culturas exitistas puede llegar a ser motivo de muerte.

Mas info:
Audition: el peligro eterno de la mosquita muerta
Malditas extensiones japonesas


Reencuentro en el kiosko

agosto 12, 2013

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Deben haber pasado casi unos dos años de aquel café en el que un ex editor me dijo que se iba de la revista en la cual yo había publicado –para no decir “algunas notas”, lo que seria decir demasiado- unos extractos sobre lujo, moda, y turismo, todo combinado en poco más de mil caracteres (si, no exagero)

Por esas vueltas que da la vida, había arreglado que algunos post de mi blog de moda, fueran publicados con el correspondiente crédito en una revista de turismo, dedicada a un público bastante selectivo y con muy linda calidad de imagen y diseño. También tuve la chance ahí de asistir un poquitito en lo que fue mi primera producción de moda internacional, ya que se realizó en Chile.

A él no le gustaban para nada estos arreglos. A mi tampoco me gustan, pero en este caso prácticamente no me insumía nada, me sumó un par de puntos al CV y algunos lectores a AmolaModa. Pero claro, los periodistas nos manejamos con otros criterios que en esta industria muchos dueños y emprendedores consideran hasta mala palabra. Y “trabajo ad honorem”, “canje”, son palabras que les suenan bárbaro.

Este editor se iba, según me contó, a empezar un proyecto en el que esas cosas no iban a pasar. Las colaboraciones se pagarían, las notas serían notas y no “extractos”, y los periodistas laburarían de lo que son, de periodistas, nada menos. Tenía también otro anhelo, si mal no recuerdo: que los chicos que empezaran su carrera y quisieran verdaderamente especializarse en turismo tuvieran un lugar para escribir seriamente de este tema.

La idea era además traer, luego de tener algunos títulos propios, revistas extranjeras de muy buen nivel, que no hubieran llegado al país. Un proyecto bastante ambicioso del cual, admito, descreí un poco. Sin embargo, no dejé de enviarle una lista de títulos que encajaban con el perfil que esta nueva empresa estaría buscando.

“Quedemos en contacto” fue el cierre de ese café, que como tantos otros deriva en el olvido. Yo acepté ese laburo de “periodismo full life con firmado” del cual les hablé alguna vez. A él no lo vi mas, y al desvincularse de esa revista de turismo, tampoco me quedó forma de contactarlo, aunque guardo con cariño esas revistas tan bonitas, con paisajes que nunca voy a conocer y extractos de una moda que esta en destinos ajenos.

Si me acordé de este editor hace pocos días, un martes, cuando en Radio Mitre Marcelo Longobardi y Jorge Lanata hablaban de por qué habían ganado sus sendos Martin Fierro por conducción y labor periodística. Concordaban –si, estos dos hace un tiempo que concuerdan, por extraño que suene- en que a ambos les tocó la suerte de trabajar en una época en la que los dueños y directores de los medios informativos eran periodistas.

Sin añorar una época que no conocí, tantas veces me encuentro pensando cuan distintos somos nosotros empleados periodísticos de las personas que dirigen y determinan nuestro trabajo, con criterios que no son los nuestros. Cuán difícil es hacerles entender cual es nuestra labor, nuestra responsabilidad, nuestra ambición y nuestro orgullo. Más aun, cuán difícil es que a aquellos que lo entienden, además les importe.

Como yo me río de la “mentalidad MBA” de los ejecutivos que me toca entrevistar, me los imagino a ellos riéndose de pibes como yo que escriben como máquinas por dos mangos la hora en una industria que los condena a la precarización.

Somos un número mas, una firma que puede ser mas o menos costosa, pero siempre reemplazable. El criterio editorial fue desplazado por el hastag del día. Así se determina qué es noticia. Y quienes utilizan otro criterio, los medios que dirigen los periodistas, parecen destinados al fracaso comercial.

¿Qué habrá sido de aquel editor, con sus sueños de una publicación que respetara la profesión, que buscara hacer medios de calidad? Hoy encontré el nombre de aquel viejo conocido que parecía tener sueños más ambiciosos, en el staff de la nueva revista Billboard Argentina. Se cumplió, por lo que veo, la idea original y la editorial cuenta con dos títulos de turismo, uno de golf, entre otros.

En la tapa de la primera edición, Charly García. Y adentro recomiendo la nota sobre John Mayer, un artista que conocí hace muy poquito por una recomendación en Twitter.

Claro que la revista trae lo mejorcito de la edición americana, y se complementa con algo de contenido local. Pero bueno, así lo hacen todos los títulos que llegan a la Argentina. Más aun, en algunas revistas de mi rubro tenemos que contentarnos con que la porción “local” se componga de noticias de México o España.

A veces la vida te sorprende. Bienvenida Billboard, y también los periodistas sin ganas de bajar los brazos.


Esos días en los que estalla el mundo

junio 22, 2013

trensarmiento

Recuerdo que esa mañana había empezado bien. Tomé el colectivo a horario e íbamos bastante rápido como para no tener que pagar un taxi y completar el viaje que cada mañana a las 7 me deposita en Palermo.

Frenamos en una esquina, yo iba sentada junto a la ventana y pude ver como dentro de un bar un chico repasaba fotocopias. Me retrotraje a aquella época en la que yo también estudiaba en bares para forzarme a no distraerme, en horarios raros para aprovechar los tiempos que el trabajo me permitía.

Ponerle fin a esos malabares me había dado mucha satisfacción en ese entonces y por eso me compadecí de ese chico. Recordé lo irritable que era en aquella época porque tenía que planear esas jornadas en las que hacía encajar cada una de las obligaciones como piezas de tetris.

Ese castillo de cartas se desmoronaba cada vez que algo salía mal, cada vez que el colectivo tardaba mucho, que tenía que quedarme un rato más en el trabajo, que alguien llegaba tarde, que tenía que invertir un segundo más de lo planeado en lo que fuera. Lo que más valoré de terminar de estudiar fue volver a tener tiempo para esperar, para caminar unas cuadras cuando está soleado, para planear una salida con amigas, para no perder la cabeza porque las horas del día no alcanzan. De vez en cuando ahora, puedo darme el lujo de levantarme sin despertador y preguntarme qué tengo ganas de hacer hoy.

Crucé rápido las siete cuadras que separan la parada de la redacción, atravesando hordas de gente que entran a la estación de tren, obreros que ingresan temprano en los lujosos edificios que se construyen por Fitz Roy –esos de u$s3.500 el metro cuadrado- y los hipsters que recién salen del boliche y que son dueños de las calles palermitañas a esa hora. Este viaje también me molesta, pero menos que los malabares.

Llegué y puse a grabar la radio que seguimos a la mañana, me hice un café, subí los primeros cables del día a la página web en la que trabajo. “¿Tenés lo del tren?”, le pregunté a la editora. Lo había escuchado en la radio, otra vez un choque en el Sarmiento. Pero esta vez la gente había salido, caminaba por las vías, o al menos eso decían los testigos que andaban por el lugar.

Escribí unas líneas con lo que vi por televisión y lo que escuché en la radio. La foto la tomé de Twitter, que fue la primera vía por la que se comunicó la propia gente accidentada.

Llevamos el tema bien arriba, pero como nota chica en principio. Poco duró esa tranquilidad inicial. Era más grave de lo que pensábamos. Estábamos en uno de esos días en los que “estalla el mundo”. ¿Qué significa esto? Que deja de importar si el dólar subió o bajó un centavo, si la figurita X va con tal o cual lista a las elecciones, si la soja pasa su precio récord o si la Corte falla en contra de reformar la Justicia, que es algo que todos ya sabíamos.

Entonces sólo es clave si tenemos “lo del tren”. Cambia el mundo y todo pasa a importar mucho menos, hasta el mediodía en mi caso, que es cuando me aparto de la página principal y vuelvo a la realidad, que siempre es la mía inmediata (soy hija única y egocéntrica, como me corresponde).

Pero antes del mediodía te das cuenta que nada importan los hipsters, los obreros o las hordas, los colectivos que llegan a horario y vacíos o no tanto, los bares en los que pasé miles de horas repasando apuntes que nunca voy a recordar –porque mi memoria no sirve para eso- y los malabares y partidos de tetris perdidos. Eso no importa porque pude llegar tranquila al trabajo sin que una formación de tren se me viniera encima. E importa menos aún porque hay gente que no podrá llegar a ningún lado.

E inmediatamente después de “¿tenemos lo del tren?”, la siguiente pregunta es “¿qué va a decir el Gobierno ahora?”. A quién echarle la culpa. ¿Y con quién iba el culpable en las listas? Si, a esto llegamos, a que haya un choque de trenes y no nos sorprenda lo suficiente como para olvidarnos de que el ministro de Interior y Transporte, Florencio Randazzo, era un nombre que sonaba fuerte para las legislativas.

telamedit

Para darme una idea, consulté entonces Página 12, pero a las 9 de la mañana no tenían el tema en su página todavía. Télam si lo tenía: “Al menos tres personas quedaron atrapadas por el choque de tenes a metros de la estación Castelar”.

Los intentos de apuntarle con el dedo al maquinista no tuvieron éxito. Los militontos no ganaron esta vez. Y aún si lo hubieran hecho, ¿no fue la misma gestión estatal la que lo dejó subirse a la formación?

Randazzo se apersonó con look de elegante sport, en camisa blanca y sin saco ni corbata, como si aparentar que uno se arremanga a esta altura pudiera cambiar las cosas.

El ministro, que no es ningún idiota, sabe que con poner carteles y crear aplicaciones sobre horarios de trenes para celulares no arregló nada. Tampoco cambió las cosas la mano de pintura que le tiraron a los vagones. No engañan a nadie, ni siquiera a los convencidos, que le escribieron a la Presidenta en su Facebook “Cristina estamos con vos pero por favor hacé algo para que no muera más gente en los trenes”, pese a que justo esa entrada de la Presidenta fue borrada.

Los únicos cambios genuinos fueron el control de alcoholemia y el de las vías, que sí concretó su administración, pero que fue demasiado poco, demasiado tarde. Porque por más que inviertas en lo rápidamente visible, a pedido de quién sabe quién, más temprano que tarde estalla el mundo y un tren termina adentro de otro.

Hacia el mediodía ya sabíamos que había tres víctimas, y la cuenta de heridos seguía creciendo. Alguien más llega y me reemplaza, y yo bajo de nuevo a mi realidad, en donde nunca tomé trenes más que el de la Costa en algún fin de semana. E incluso eso fue antes de la “década ganada”.

La tiranía de la noticia no me afecta sólo a mi. Pasan los días y el crimen de una nena en Palermo, a pocas cuadras de donde está la redacción, se roba todas las tapas. Tapas que de estar en otro país podrían haber sido de los candidatos a legisladores, pero en la Argentina deberían haber sido del tren.


A fuerza de partir voy a saber lo que es volver

junio 22, 2013

Facultad de Ciencias Sociales - Uba

Esta semana regresé por primera vez a la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, después de aquel 10 de febrero de 2011 en el que pegué un portazo tras haber aprobado el último final, para nunca mirar atrás.

Claro que así como yo, la UBA había seguido también su curso, y ya no era la misma. De hecho, ni siquiera era la misma dirección, porque tan mezquina fue nuestra relación que no fue hasta un año después de terminar nuestro affaire que decidió mudarse a unos 15 minutos de mi casa. Durante años exigió viajes incómodos de ida y vuelta, a horarios diversos y por múltiples piquetes, entre la zona sur y Almagro. Pero eso es otra historia.

Renovada, la UBA sin embargo mantenía cierta imagen y semejanza con aquella que yo conocí. Inmensidad de pasillos con luces de hospital, cubiertos de carteles en papel madera escritos con témpera –nunca voy a entender cómo alumnos de comunicación no pueden desarrollar una estética distinta- y consignas de militantes de otro tiempo, que bastante distintos eran de los de hoy.

Las escaleras también surgen en lugares inesperados. En Parque Centenario yo misma le revelé a varios compañeros la existencia de una que ellos desconocían pese a haber pasado más de un año cursando en esas aulas.

Y el olor a cigarrillo de gente maleducada que todavía no entendió que pese a que hace frío tiene que fumar afuera también existe en este nuevo edificio, aunque más aminorado y esporádico. Se concentraba, con cierta lógica, en el subsuelo al cual yo me dirigí para presenciar una charla.

 Muchas cosas, por suerte, evolucionaron para mejor. Los baños por ejemplo, que más de una vez en Almagro describí como “peores que los de la cárcel”, son un lujo en la sede de San José. Los ascensores, que son varios, también. Y funcionan sin que uno tenga que tener miedo de quedar encerrado en un entrepiso.

No ví ninguna boca de electricidad al descubierto como teníamos en el edificio anterior. Y lo más notorio fue que pese a que era el día más frío del año hasta el momento, los pasillos no estaban más congelados que el exterior, lo cual si sufrí bastante en Parque Centenario.

Los estudios de TV y Radio son también superiores, aunque dudo que sirvan de mucho si la enseñanza práctica sigue siendo la misma. Sólo si también pudiera hacerse un upgrade del programa de estudios, bajo una óptica más orientada a la comunicación actual que a la de los ’70, creo que podríamos decir que cambiaron las condiciones.

Caminando esos pasillos no puedo decir que vinieran a mi mente las lecciones sobre Bourdieu, Laclau, Saussure o incluso Barbero y García Canclini. En mi caso, son una especie de recuerdo a medias, borroso y por lo tanto, inutilizable. Y no está en mi la voluntad de refrescarlo, prefiero leer a Walsh, Wilde, Cortázar y hasta Isabel Allende por estos días.

Tampoco esperaba encontrar a nadie conocido, pero me equivoqué. En un kiosko del último piso que visité había una cara familiar, el mismo kioskero al que durante unos siete u ocho años le compré una incontable cantidad de cafés y alfajores. Repetí el pedido esta vez y me cobró $10.

-¿Nada más? Cuando yo cursaba salía lo mismo

- Y sí, hace mucho que no venís vos.

Se acordaba de mi cara también. Yo me acuerdo de él seguido: cada vez que me entregaba un café y le decía “gracias” él respondía con un “a vos”, y yo terminé copiando esa costumbre que uso hasta el día de hoy. Me enseñó a ser un poco más agradecida; una de las cosas que uno aprende en la facultad.

Me fui al terminar el café, sin presenciar la charla. Realmente no quiero volver, poco tienen que ver mis sentimientos con el edificio o la cercanía. Son diferencias irreconciliables las que tengo con la UBA, porque ninguna de las dos está dispuesta a cambiar.


Gracias por las risas

junio 17, 2013

Imagen

Cuando era chica la radio y la música me ayudaron a abandonar la tele, las miles de horas de dibujitos animados, y otras barbaridades.

Como quería ya ser periodista me pareció lógico que me gustara también la radio, hasta que un día me di cuenta de cómo escuchaba la música y cambiaba automáticamente el dial cuando comenzaban a hablar las frenéticas locutoras con lenguaje estilo teen. Descarté la radio por lo menos por unos cinco años más.

Hasta que un día, volviendo de Mar del Plata de vacaciones con mis padres, escuché el programa de Dick Alfredo en FM Energy. No recordaba haberme reído tanto en la vida.

Cuando se pasaron a la noche en Rock&Pop no los abandoné más, a Dick, a Palito, a la Mega, a Roberto Flores, y a mi preferido, Martín Revoira Lynch. Y cuando pasaron a las mañanas, me acompañaron ocasionalmente en esos largos y difíciles viajes a Lomas de Zamora.

Tal fue la mimetización que a cada rato me sorprendía a mi misma repitiendo algo que “Fer” o “Fernando” había dicho alguna vez. Lo llamaba por el primer nombre, como si fuera un amigo. Hasta sentía que lo conocía, que sabía cómo pensaba. Pero claro, él nunca era si mismo en la radio.

Fue la persona que me enseñó que alguien que piensa lo contrario de mi opinión en todo, puede ser absolutamente genial.

A cuatro años, gracias por las risas “puto”, te extraño.


Drive

junio 9, 2013

drive edit

Pido disculpas por no haber dejado este año el correspondiente saludo por el Día del Periodista. Envié por Facebook solamente mi frase preferida de Rodolfo Walsh, que verán en la columna derecha de CenC. Pero no quería dejar de saludar a mis colegas invisibles; pese a que hoy no los acompaño más, sigo muy cerca de ellos y están para siempre en mi corazón.

Así como aquella vez les compartí esa reflexión sobre la escritura fantasma, este año la celebración de la fecha me encuentra en una situación distinta pero no menos compleja. Aquí está entonces mi complejo periodístico de este año:

Drive, además del verbo conducir o manejar (un automóvil), significa en inglés hacer un esfuerzo para alcanzar una meta u objetivo, desarrollar vigorosamente algo hasta una conclusión.

Voy a dejar la etimología ahí para no sonar como la Presidenta de todos los argentinos cuando nos explicó que el “cepo” era un titulo mediático, basado en “un instrumento de tortura del siglo XIX”.

Drive es un concepto que aplica a alguien muy dinámico, lleno de energía, determinado a hacer lo que sea necesario para llegar a su objetivo. Pero por sobre todo, es un concepto que se aplicaba a mí, a mi forma de ejercer el periodismo hace menos de dos años.

Tener drive implicaba para mi sobrellevar días de trabajo de 20 horas en continuado, en las que sólo paraba para comer, bañarme o viajar, y dormir las cuatro horas que quedaban para levantarme al día siguiente con la misma energía para hacerlo todo de nuevo, incluso sábados y domingos. Era ser feliz con mi profesión a pesar de ejercer en esas condiciones. Era haberme puesto hace años a mi familia de cabeza por haberla elegido y pese a todos sus augurios, luchar por poder vivir de lo que amaba.

Así era capaz de levantarme antes que el gallo para hacer cables de la industria de alimentos de Latinoamérica en pocos minutos, pasar siete horas escribiendo notas de negocios en español e inglés para que firmara otra periodista, y terminar el día cerrando artículos propios de interés general, lujo, celebrities, lo que fuera y hasta que las velas no ardieran. Todo sin dejar de hacer el blog de moda que tantas satisfacciones me trajo.

El tema nunca importó. Hubo notas que me gustaron más que otras. No era el punto. Siempre me jacté de poder encontrar una historia interesante en cualquier lado. Esa era, según entendía, mi función y mi habilidad.

Poco a poco me animé a sentirme un as de periodismo “revisteril”, capaz de cerrar notas de urgencia en cuestión de horas, sacando trucos de la galera que hasta a mi misma me sorprendían. Incluso recuerdo con cariño esa columna sobre diseño que me pidieron una vez y escribí íntegramente de madrugada. Es lo mejor que redacté hasta el día de hoy.

Pasar por un kiosco de diarios era la frutilla del postre. Cada mes encontraba dos o tres revistas, y alguna vez una tapa, que tenían mi sello. La gente compraba un ejemplar y en alguna parte del mundo leía mis notas, se informaba conmigo, y le gustaba o no aquello que yo había preparado para ellos. Y para las notas que no veía porque eran para medios del exterior, me bastaba pasar por el banco.

En esas ocasiones recordaba aquella vez cuando todavía estaba cursando el CBC y al volver de bailar una madrugada paré a desayunar con unas amigas en el local de una estación de servicio. Afuera de la ventana un camión descargaba los diarios del domingo en un kiosco, y sin entender bien por qué, mis ojos se llenaron automáticamente de lágrimas. No podía detenerlo ni explicarlo. Me pareció la escena más linda del mundo.

Había elegido bien, a pesar de los augurios. Ahora faltaba concretarlo, y para eso me sobraba drive. Hacia allá me dirigí sin pausa ni desvío.

Drive era algo que tenía hasta hace menos de 24 meses, cuando ante la oportunidad de hacer periodismo 9 horas al día sucumbí y dije que sí. Hoy me falta la energía para escribir una sola letra fuera de ese período de tiempo. Y en ese lapso lo hago casi mecánicamente.

La necesidad de perder tres horas al día viajando (de las cuales una la paso caminando), la posibilidad de dedicar un cachito de tiempo a esas cuentas pendientes que el drive me había impulsado a postergar (desde los amigos hasta la salud), fueron poco a poco apagando el fuego.

Pero no sólo me falta tiempo, me faltan ideas. Seca es la palabra. Quemada, me dicen algunos. Todo tiene un límite y parece que el drive también. ¿Puede ser que sea más de naturaleza revistera que del periodismo de actualidad? La autoexigencia es otro de los factores, me pido demasiado a mi misma y me impongo una presión innecesaria.

Más aún, me falta la alegría. El disfrute se fue con el drive a otra parte y no sé dónde ni cómo ir a buscarlo. No escribo una sola nota que me guste o me llene de orgullo. Ahora el tema me da lo mismo también, pero de otra manera.

Y esa sensación de poder llevarme el mundo por delante, esa seguridad que no me abandonó pese a haber sido la única segura de que estaba haciendo lo correcto, fue reemplazada por un constante sentimiento de duda. No me creo capaz de nada. Si antes me animaba a todo, ahora todo me queda grande. Fuera de mi alcance, de mi capacidad. La calidad es de otras personas, a mi se me escapa.

Después de meses de meditar sobre este asunto, logré identificar algunos de los factores responsables de este estado. Autoexigencia es uno muy importante. Falta de tiempo, puede ser. Tener repartida la cabeza en 20 pedazos y miles de temas por trabajar con coyuntura es otro. Enfocarse es más difícil.

El karma, lamentablemente, no me ayudó tampoco. Sólo para mencionar algunos ejemplos recientes, el descenso de Independiente, el incremento de los precios en el edificio en donde quería un departamento (para resolver el tema de las tres horas de viaje diarias) que me dejó fuera de carrera, el amor de mi vida que se empeña en no llegar nunca, todo jugó en contra de mi energía.

La mala racha lleva meses y no parece tener ganas de terminarse: este fin de semana negro me enteré además de todo esto que trabajaré en Navidad. Cuando tenía drive, por ejemplo, este dato ni me hubiera importado.

Comodidad, lamento decirlo, es otro factor. Quizás después de tanto tiempo de no poder desviarme del camino por el que me llevaba esa ambición, haber llegado a algún tipo de destino implica cierto relajo. Mi energía disminuyó en proporciones épicas y no sé cómo recuperarla. Las cortas vacaciones no ayudaron en esto. Unas más largas quizás lo hubieran empeorado.

Pero no estoy conforme con relajarme. No soy esta criatura dubitativa que se cree incapaz de hacer algo extraordinario. Soy la que se llevaba el mundo por delante. Sólo necesito recuperar mi drive. Es de las pocas seguridades que me quedan.

Finalmente, aclaro que no me deprime ni me asusta este estado. “This time will pass” decía U2 y es algo en lo que creo firmemente. Un escalón más en este camino en subida que es ser una periodista en construcción.

Si comparto todo esto es precisamente para saber si alguno atravesó una situación similar y puede sumar algún consejo. Teléfonos de asesores vocacionales que sepan de periodismo se aceptan también. Y por sobre todo, me servirían unas buenas noticias.

Saludos y feliz Día del Periodista atrasado
PK


La hermanita fashion de Ohlalá!

abril 21, 2013

ohlala ModaEn algún lado leí que conviene esperar a que el primer hijo de una familia tenga cuatro años para que nazca el segundo. Pero las chicas del equipo “ohlalero” se tomaron un año más para traer al mundo a la hermanita menor de la revista femenina que más vende en la Argentina (dicen 80 mil ejemplares por mes).

Se trata de Ohlalá! Moda, la edición fashion y pocket de una publicación muy cercana a mi corazón, donde me dejaron en algún momento dibujar algunas páginas hablando de belleza. La moda en la edición original no suele tener palabras, sólo fotos, porque la moda es imagen después de todo.

Pero ahora Ohlalá! tiene toda una revista dedicada al tema. Y les adelanto, es unos pesitos más cara que su “hermana mayor”. Saldrá dos veces al año, con cada recambio de temporada.

Quieren mirar los looks para adaptarlos a la “mujer real” dicen… ni voy a empezar a filosofar sobre ese término. Mejor me quedo con las buenas noticias y le doy la bienvenida a la nueva publicación.


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