A fuerza de partir voy a saber lo que es volver

junio 22, 2013

Facultad de Ciencias Sociales - Uba

Esta semana regresé por primera vez a la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, después de aquel 10 de febrero de 2011 en el que pegué un portazo tras haber aprobado el último final, para nunca mirar atrás.

Claro que así como yo, la UBA había seguido también su curso, y ya no era la misma. De hecho, ni siquiera era la misma dirección, porque tan mezquina fue nuestra relación que no fue hasta un año después de terminar nuestro affaire que decidió mudarse a unos 15 minutos de mi casa. Durante años exigió viajes incómodos de ida y vuelta, a horarios diversos y por múltiples piquetes, entre la zona sur y Almagro. Pero eso es otra historia.

Renovada, la UBA sin embargo mantenía cierta imagen y semejanza con aquella que yo conocí. Inmensidad de pasillos con luces de hospital, cubiertos de carteles en papel madera escritos con témpera –nunca voy a entender cómo alumnos de comunicación no pueden desarrollar una estética distinta- y consignas de militantes de otro tiempo, que bastante distintos eran de los de hoy.

Las escaleras también surgen en lugares inesperados. En Parque Centenario yo misma le revelé a varios compañeros la existencia de una que ellos desconocían pese a haber pasado más de un año cursando en esas aulas.

Y el olor a cigarrillo de gente maleducada que todavía no entendió que pese a que hace frío tiene que fumar afuera también existe en este nuevo edificio, aunque más aminorado y esporádico. Se concentraba, con cierta lógica, en el subsuelo al cual yo me dirigí para presenciar una charla.

 Muchas cosas, por suerte, evolucionaron para mejor. Los baños por ejemplo, que más de una vez en Almagro describí como “peores que los de la cárcel”, son un lujo en la sede de San José. Los ascensores, que son varios, también. Y funcionan sin que uno tenga que tener miedo de quedar encerrado en un entrepiso.

No ví ninguna boca de electricidad al descubierto como teníamos en el edificio anterior. Y lo más notorio fue que pese a que era el día más frío del año hasta el momento, los pasillos no estaban más congelados que el exterior, lo cual si sufrí bastante en Parque Centenario.

Los estudios de TV y Radio son también superiores, aunque dudo que sirvan de mucho si la enseñanza práctica sigue siendo la misma. Sólo si también pudiera hacerse un upgrade del programa de estudios, bajo una óptica más orientada a la comunicación actual que a la de los ’70, creo que podríamos decir que cambiaron las condiciones.

Caminando esos pasillos no puedo decir que vinieran a mi mente las lecciones sobre Bourdieu, Laclau, Saussure o incluso Barbero y García Canclini. En mi caso, son una especie de recuerdo a medias, borroso y por lo tanto, inutilizable. Y no está en mi la voluntad de refrescarlo, prefiero leer a Walsh, Wilde, Cortázar y hasta Isabel Allende por estos días.

Tampoco esperaba encontrar a nadie conocido, pero me equivoqué. En un kiosko del último piso que visité había una cara familiar, el mismo kioskero al que durante unos siete u ocho años le compré una incontable cantidad de cafés y alfajores. Repetí el pedido esta vez y me cobró $10.

-¿Nada más? Cuando yo cursaba salía lo mismo

– Y sí, hace mucho que no venís vos.

Se acordaba de mi cara también. Yo me acuerdo de él seguido: cada vez que me entregaba un café y le decía “gracias” él respondía con un “a vos”, y yo terminé copiando esa costumbre que uso hasta el día de hoy. Me enseñó a ser un poco más agradecida; una de las cosas que uno aprende en la facultad.

Me fui al terminar el café, sin presenciar la charla. Realmente no quiero volver, poco tienen que ver mis sentimientos con el edificio o la cercanía. Son diferencias irreconciliables las que tengo con la UBA, porque ninguna de las dos está dispuesta a cambiar.


Crónicas de la UBA II – Las palabras mágicas

agosto 1, 2008

“Te falta un concepto” me repetía con piedad inclusive, mirándome con tremendos ojos celeste (casi transparentes) que no delatan su edad, ni me animaría yo nunca a hacerlo. Luego de 10 minutos de mirarnos las caras, ni siquiera parecía enojado. Repetía “te falta una palabrita”. La mirada del jefe de cátedra y de su fiel compañera discípula docente era más cercana a la decepción (esperada?) que a la ira, pero con una cucharada de fastidio (llevaban por lo menos 6 hs tomando finales orales).

Luego de ir de atrás para adelante (y para atrás de nuevo) relatando el texto con conceptos de la autora en cuestión, tratando de acertarle a la palabra que ambos tenían en sus cabezas (me había olvidado la bola de cristal en casa), finalmente admití “no sé a qué concepto se refiere”. Strike uno.

Te olvidaste del concepto de “equilibrio”…, dijo la profesora de quien aun desconozco el nombre
No, si lo dije
No, no lo dijiste y por eso hice tanto hincapié en ese concepto.
Es verdad, no hablé de ruptura del equilibrio sino de “historias de cambio”, de “paso del estado inalterado a la alteración” (todos de la autora) y después hablé de lucha por “recuperar el equilibrio perdido”.

Discutir era en vano.

Yo era la décimo segunda alumna del día que se presentaba al final. Previamente, a una chica también le faltó decir “equilibrio”, o mejor dicho “equilibradas, composiciones equilibradas”. A otra compañera le tocó la palabra “reveladoras”; y me contó: “dije pregnantes, relevantes, significativas, nudos dramáticos de la historia, no sé cuántas cosas y no…”. Otro compañero osó decir que no había mucho para desarrollar acerca de un concepto al que el jefe de cátedra le dedica dos clases teóricas de las 13 que se dan en el cuatrimestre… grave error. Y la primera alumna del día, que había llegado temprano para inscribirse primera en este final que sería el último de su carrera, se fue con un lindo “patito” (2) con la explicación de que “no puede ser que te recibas sin ningún aplazo”. Y yo que no creía en estos mitos de pasillo, que por lo general son exagerados, pero lo acababa de ver con mis propios ojos.

Retomando justamente el equilibrio, seguimos hablando sobre redacción de guiones (se trata de la orientación de periodismo, pero la carrera es sólo una excusa para hablar de cosas poco periodísticas) y ahí entré solita a la boca del lobo. Mencioné la palabra “plot”, que también se lleva exclusivamente por lo menos media clase teórica. “Explícame ese concepto entonces”, me dijo el jefe de cátedra entusiasmado, como si hubiera encontrado una puerta abierta, que yo misma le abrí. Habrá pensado que me estaba haciendo un favor, porque no dudo de su buena voluntad. Pero no supe decir más que dos oraciones al respecto. Fue el strike dos, y el último. Fuí la novena desaprobada del día entre los 12 que habíamos entrado hasta ese momento. Por su puesto que me llevé una respuesta extensiva sobre lo que es el plot, y que no olvidaré mientras viva.

Hice un último comentario, no recuerdo a raíz de qué: “Y… con orales de 1 hora 15 minutos… la chica que pasó antes que yo estuvo 1 hora 40…”. La respuesta: “los orales largos suceden cuando el alumno está al borde, entre aprobar y desaprobar, y le seguimos dando chances. Yo también me quiero ir… lo que pasa es que hay un partido de Boca hoy…”.

Segundo round:
Este sábado pasado, poco menos de dos meses después, me encontraba en la misma situación. Esta vez, con team de apoyo de por lo menos cuatro amigas que rendían lo mismo, además de otras personas con las que uno se conoce durante el día en  estas situaciones de crisis. Quien sabe un poco mejor preparada que la otra vez, pero sabiendo que se repetiría el escenario de tener que pegarle a las palabras clave, aunque no las hubiera ni escuchado en clase en algunos casos.

El jefe de cátedra declaró que se inauguraba oficialmente la mesa de examen, ya que un llamado previo una persona desaprobada acusaba de no haberse presentado al final en cuestión. Mientras tomaba lista a los presentes y tachaba los ausentes, entró en el aula una chica “seriamente” embarazada. Pero al no haber estado presente en el momento en que se llamó su nombre, no le fue permitido presentarse. La habían caratulado de “ausente” segundos antes de su entrada, y se ve que liquid paper no tenían o algo así… empezó mal el día. Peor para la chica que deberá venir a rendir en octubre con la criatura en brazos.

Esta vez esa alumna heroica que se anotó primero, porque sabe que sabe, porque no le tiene miedo a nada, era una de mis amigas. No estuvo dentro ni cinco minutos de reloj, y el profesor no ahorró en esfuerzos de felicitarla frente a todo el grupo de compañeros por el excelso 10 que se sacó (una manera e levantar la moral?). Otro hecho que se convertirá en mito, y que pude ver también con mis propios ojos. Qué fecha histórica para la UBA!

¿Sería que el día estaba repuntando? No, luego de ese aislado episodio, los “patitos” comenzaron a fluir como en el llamado a examen anterior. Con tantas similitudes que hasta una compañera tuvo mi mismo problema, la palabra “plot”. Otro compañero que se refirió en su exposición a la distancia psíquica entre audiovisual y espectador, no pudo precisar que esa distancia era “infranquable”. Aunque si comentó que las posiciones entre actores y espectadores no son intercambiables, que es el significado exacto de “infranqueable” en ese texto, pero no fue suficiente.

Buenos días, dije al presentarme
Buenos días, respondió la nueva JTP de la cátedra, que sólo presenció el examen.
Bah, es una manera de decir, contesté. Logré al menos, arrancar con una sonrisa.

“Infranqueable” me apresuré a decir en la primera oportunidad que se me presentó. Y sin embargo, el haber acertado con este concepto sólo generó la repregunta: ¿Y si fuera diferente, cómo sería la distancia?. “Los lugares entre espectador y actor del espectáculo serían intercambiables, equivalentes”. Mi respuesta no fue suficiente, una vez más se buscaba una palabra concreta y no el desarrollo del concepto. La respuesta esta vez era “íntima”, aunque los textos hablan de sentidos de la intimidad (gusto y tacto).

Tuve un segundo golpe de suerte: pude llevar el discurso hacia al plot, donde dejé en claro que había superado el obstáculo del previo examen. En resumidas cuentas, la profesora habló tanto como yo, pero yo dije cosas menos inteligentes. En silencio absoluto me devolvió mi libreta cerrada, con  un 5 adentro. Tuve que mirarlo dos veces, y no exagero, porque pensé que mis ojos me engañaban. Cuando llegué a casa me volvió a entrar la incredulidad y lo miré por tercera vez. Estuve 7 meses sin aprobar una materia, se ve que tenía abstinencia.

A pesar de todo esto, de tanto mito nefasto confirmado, no logro que me caiga mal aquel jefe de cátedra, lo cual es extraño ya que me desagrada el 90% de los profesores que tuve. Y aquí no lo consigo, a pesar del bochazo me cae bien. Nadie me acusará de chuparle las medias ya que la materia está terminada y aprobada, ya no nos cruzaremos más, al menos en esa situación. Eso sin, no hay nada que hacerle… en esta facultad los Licenciados serán aquellos que posean las “palabras mágicas”.