Feliz día a los periodistas invisibles

junio 6, 2008

Tengo que admitir que este día del periodista del 2008 no me agarrará en el mejor momento de mi amor por esta profesión, dado a hechos recientes que son demasiado largos y complejos como para contar en este espacio. Sin embargo hoy leí en el boletín de la Agencia Nacional Argentina de Comunicación de la UTBA un texto de Ignacio Ramonet que me dejó con ganas de escribir una vez más sobre el periodismo. Nunca en mejor momento para dar un saludo de feliz día del periodista por adelantado, y renovar la pantalla de este blog que tengo abandonado desde hace un tiempo.

No coincido con el espíritu del texto completo de Ramonet, que intenta predecir “el fin del periodismo” en la era de una “tendencia peligrosa” que es la autoinformación, que se impone gracias a los medios electrónicos –un palito para nosotros bloggers… infaltable- y demás teorías apocalípticas. Qué se puede esperar de un texto titulado “Periodistas en vías de extinción”.  Pero me atrajo el siguiente fragmento:

“El sistema ya no quiere más periodistas. En este momento, puede funcionar sin ellos o, digamos, con periodistas reducidos a meros obreros de una cadena de montaje, como Charlot en la película “Tiempos Modernos”, es decir, meros trabajadores que hacen retoques en los partes de agencia. Es necesario ver lo que son las redacciones actuales, tanto en los periódicos como en las radios y las televisoras. La gente conoce a los periodistas famosos que presentan los telediarios de la noche, pero detrás de ellos se esconden miles de periodistas que, sin embargo, son los que alimentan la maquinaria”.

Tema aparte será en esta ocasión la taylorización en las redacciones, y por otro lado la vagancia de algunos periodistas muy conformes con su rol en esta maquinaria de la información. La amenaza más grande que sufre el periodismo no es ni la taylorización ni el “peligrosísimo” avance de los medios electrónicos que le han impuesto a los dinosaurios una exigencia de velocidad para la primicia y una necesidad de rápida adaptación a las nuevas formas de trabajo que no pueden satisfacer. Ni siquiera la censura es hoy el peor enemigo del periodismo no comprometido en el que todos nos sentimos más que cómodos y divertidos trabajando.

La peor amenaza para el periodismo es la pauperización de los empleos, el abuso y la explotación que no permiten el desarrollo de los buenos periodistas en pos de los intereses de la libertad de empresa. Rodolfo Walsh nos advertía “El terror se basa en la incomunicación”. Pero en esta era hipercomunicada la amenaza pasa por el terreno económico, permitido sin duda por la complicidad del terreno político.

Pero como ya dije, esto es tema parte, para otro momento. No es mi intención saludar a los periodistas recordándoles la amarga realidad que viven todos los días. Me interesa saludar en esta oportunidad a los que se identifican como yo con la frase  detrás de ellos se esconden miles de periodistas que, sin embargo, son los que alimentan la maquinaria”. Ramonet seguro se refería a los periodistas de agencia –los que siguen haciendo periodismo como se debe- los pasantes, los redactores, los correctores, etc. Yo incluyo a los periodistas invisibles, los que hacemos la nota y no ponemos la firma, los que no salimos en los créditos al final del programa, los que trabajamos a la sombra de aquellos que milagrosamente tienen tiempo de colaborar en todos lados.

La semana pasada fui a una conferencia de un periodista que respeto mucho aunque pensamos distinto en todo. A la mañana él había publicado su columna en el diario y creo que también participó de un programa de radio. A la tarde, según comentó, estuvo trabajando en Casa Rosada, a la tarde-noche compartió sus conclusiones con ese auditorio. Y mientras lo escuchaba tan seguro, tan informado, tan genial, aunque tan distinto a mi, no pude evitar pensar que bueno debe ser el equipo de gente que está detrás de este tipo, y lo ayudan a ser elprofesional que es. Así que feliz día para ellos.

Feliz día del periodista a los que, pauperizados y todo ejercen, por verdadera vocación, porque no podrían hacer otra cosa. Feliz día a los que son felices por ir todos los días ha hacer lo que les gusta y no esperan el aplauso. Feliz día a los que siguen intentando hacer un periodismo sin mentiras, porque el periodista debería tener vocación por la verdad.  Feliz día a los que no explotan a los periodistas. Feliz día a los que hacen su trabajo con esfuerzo y no con acomodos. Feliz día a todos los que trabajan a la sombra, porque entienden que más importante que las luces y la fama es el hecho de poder ejercer este oficio maravilloso. Feliz día a los que se enamoraron del periodismo y no me dejaron bajar los brazos frente a estas injusticias que tiene la profesión. Feliz día a los periodistas, espero algún día llamarlos colegas con todas las letras.

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Drive

junio 9, 2013

drive edit

Pido disculpas por no haber dejado este año el correspondiente saludo por el Día del Periodista. Envié por Facebook solamente mi frase preferida de Rodolfo Walsh, que verán en la columna derecha de CenC. Pero no quería dejar de saludar a mis colegas invisibles; pese a que hoy no los acompaño más, sigo muy cerca de ellos y están para siempre en mi corazón.

Así como aquella vez les compartí esa reflexión sobre la escritura fantasma, este año la celebración de la fecha me encuentra en una situación distinta pero no menos compleja. Aquí está entonces mi complejo periodístico de este año:

Drive, además del verbo conducir o manejar (un automóvil), significa en inglés hacer un esfuerzo para alcanzar una meta u objetivo, desarrollar vigorosamente algo hasta una conclusión.

Voy a dejar la etimología ahí para no sonar como la Presidenta de todos los argentinos cuando nos explicó que el “cepo” era un titulo mediático, basado en “un instrumento de tortura del siglo XIX”.

Drive es un concepto que aplica a alguien muy dinámico, lleno de energía, determinado a hacer lo que sea necesario para llegar a su objetivo. Pero por sobre todo, es un concepto que se aplicaba a mí, a mi forma de ejercer el periodismo hace menos de dos años.

Tener drive implicaba para mi sobrellevar días de trabajo de 20 horas en continuado, en las que sólo paraba para comer, bañarme o viajar, y dormir las cuatro horas que quedaban para levantarme al día siguiente con la misma energía para hacerlo todo de nuevo, incluso sábados y domingos. Era ser feliz con mi profesión a pesar de ejercer en esas condiciones. Era haberme puesto hace años a mi familia de cabeza por haberla elegido y pese a todos sus augurios, luchar por poder vivir de lo que amaba.

Así era capaz de levantarme antes que el gallo para hacer cables de la industria de alimentos de Latinoamérica en pocos minutos, pasar siete horas escribiendo notas de negocios en español e inglés para que firmara otra periodista, y terminar el día cerrando artículos propios de interés general, lujo, celebrities, lo que fuera y hasta que las velas no ardieran. Todo sin dejar de hacer el blog de moda que tantas satisfacciones me trajo.

El tema nunca importó. Hubo notas que me gustaron más que otras. No era el punto. Siempre me jacté de poder encontrar una historia interesante en cualquier lado. Esa era, según entendía, mi función y mi habilidad.

Poco a poco me animé a sentirme un as de periodismo “revisteril”, capaz de cerrar notas de urgencia en cuestión de horas, sacando trucos de la galera que hasta a mi misma me sorprendían. Incluso recuerdo con cariño esa columna sobre diseño que me pidieron una vez y escribí íntegramente de madrugada. Es lo mejor que redacté hasta el día de hoy.

Pasar por un kiosco de diarios era la frutilla del postre. Cada mes encontraba dos o tres revistas, y alguna vez una tapa, que tenían mi sello. La gente compraba un ejemplar y en alguna parte del mundo leía mis notas, se informaba conmigo, y le gustaba o no aquello que yo había preparado para ellos. Y para las notas que no veía porque eran para medios del exterior, me bastaba pasar por el banco.

En esas ocasiones recordaba aquella vez cuando todavía estaba cursando el CBC y al volver de bailar una madrugada paré a desayunar con unas amigas en el local de una estación de servicio. Afuera de la ventana un camión descargaba los diarios del domingo en un kiosco, y sin entender bien por qué, mis ojos se llenaron automáticamente de lágrimas. No podía detenerlo ni explicarlo. Me pareció la escena más linda del mundo.

Había elegido bien, a pesar de los augurios. Ahora faltaba concretarlo, y para eso me sobraba drive. Hacia allá me dirigí sin pausa ni desvío.

Drive era algo que tenía hasta hace menos de 24 meses, cuando ante la oportunidad de hacer periodismo 9 horas al día sucumbí y dije que sí. Hoy me falta la energía para escribir una sola letra fuera de ese período de tiempo. Y en ese lapso lo hago casi mecánicamente.

La necesidad de perder tres horas al día viajando (de las cuales una la paso caminando), la posibilidad de dedicar un cachito de tiempo a esas cuentas pendientes que el drive me había impulsado a postergar (desde los amigos hasta la salud), fueron poco a poco apagando el fuego.

Pero no sólo me falta tiempo, me faltan ideas. Seca es la palabra. Quemada, me dicen algunos. Todo tiene un límite y parece que el drive también. ¿Puede ser que sea más de naturaleza revistera que del periodismo de actualidad? La autoexigencia es otro de los factores, me pido demasiado a mi misma y me impongo una presión innecesaria.

Más aún, me falta la alegría. El disfrute se fue con el drive a otra parte y no sé dónde ni cómo ir a buscarlo. No escribo una sola nota que me guste o me llene de orgullo. Ahora el tema me da lo mismo también, pero de otra manera.

Y esa sensación de poder llevarme el mundo por delante, esa seguridad que no me abandonó pese a haber sido la única segura de que estaba haciendo lo correcto, fue reemplazada por un constante sentimiento de duda. No me creo capaz de nada. Si antes me animaba a todo, ahora todo me queda grande. Fuera de mi alcance, de mi capacidad. La calidad es de otras personas, a mi se me escapa.

Después de meses de meditar sobre este asunto, logré identificar algunos de los factores responsables de este estado. Autoexigencia es uno muy importante. Falta de tiempo, puede ser. Tener repartida la cabeza en 20 pedazos y miles de temas por trabajar con coyuntura es otro. Enfocarse es más difícil.

El karma, lamentablemente, no me ayudó tampoco. Sólo para mencionar algunos ejemplos recientes, el descenso de Independiente, el incremento de los precios en el edificio en donde quería un departamento (para resolver el tema de las tres horas de viaje diarias) que me dejó fuera de carrera, el amor de mi vida que se empeña en no llegar nunca, todo jugó en contra de mi energía.

La mala racha lleva meses y no parece tener ganas de terminarse: este fin de semana negro me enteré además de todo esto que trabajaré en Navidad. Cuando tenía drive, por ejemplo, este dato ni me hubiera importado.

Comodidad, lamento decirlo, es otro factor. Quizás después de tanto tiempo de no poder desviarme del camino por el que me llevaba esa ambición, haber llegado a algún tipo de destino implica cierto relajo. Mi energía disminuyó en proporciones épicas y no sé cómo recuperarla. Las cortas vacaciones no ayudaron en esto. Unas más largas quizás lo hubieran empeorado.

Pero no estoy conforme con relajarme. No soy esta criatura dubitativa que se cree incapaz de hacer algo extraordinario. Soy la que se llevaba el mundo por delante. Sólo necesito recuperar mi drive. Es de las pocas seguridades que me quedan.

Finalmente, aclaro que no me deprime ni me asusta este estado. “This time will pass” decía U2 y es algo en lo que creo firmemente. Un escalón más en este camino en subida que es ser una periodista en construcción.

Si comparto todo esto es precisamente para saber si alguno atravesó una situación similar y puede sumar algún consejo. Teléfonos de asesores vocacionales que sepan de periodismo se aceptan también. Y por sobre todo, me servirían unas buenas noticias.

Saludos y feliz Día del Periodista atrasado
PK


Writer, Ghost Writer

agosto 12, 2009

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Ante todo me presento: Paulita Krizanovic, 26 años recién cumplidos y no asumidos (aún) estudiante eterna de comunicación social en la universidad más absurdamente sobrevaluada del país, aspirante en construcción a periodista y of course, ghost writer.

Dejando de lado las introducciones James-Bondianas, hace unos días, conversando con un ex jefe me enteré, a casi dos años de tener el mismo trabajo,  que el término técnico -¿poético?- para la actividad que desempeño es “ghost writer”. ¿Despistada? Quizás. Hasta ahora me había autodesignado (autoinventado, como hace todo el mundo) “periodista invisible”. No estaba tan lejos del término inventado socialmente.

Según mis fuentes, es cada vez mayor la cantidad de libros que no son escritos por quienes los “autorean” (¿inventé otra palabra?). Mis compañeras de trabajo y yo hacemos lo propio pero en periodismo. Para colmo, de a poquito voy conociendo más y más periodistas con team propio, y más editores a los que esto les viene bárbaro.

No puedo decirles lo malo que puede ser para el autoestima trabajar de fantasma invisible. Esto teniendo en cuenta que el trabajo, y no lo digo yo, es la forma en la que nos insertamos en la sociedad, nos hacemos un lugar en la cadena de sentido. Pero esto –que no es para exagerar- suele de repente aparecer como “grave” cuando te toca cruzar la barrera de los 25 hacia el otro lado y te pega peor que las canciones que escribió Sabina cuando estaba deprimido (que son las más deprimentes que conozco).

Claro que quienes leen el blog saben que yo no escribo historias deprimentes (para eso está Sabina que lo hace bien). Y a esta altura se habrán dado cuenta de que este texto tiene final feliz, ya que está especialmente escrito para los escritores fantasma invisibles.

Como fan de las películas de terror y sangre que soy, no puedo más que sentirme contenta por pertenecer por fin a alguna especie sobrenatural como tantas hay. Por caso, vampiresas chupasangre –hoy conocidas como “botineras”- mutantes devenidos en bellezas exóticas que adornan las pasarelas de moda, y finalmente políticos, punteros, dirigentes de clubes de fútbol, policías y otras yerbas terroríficas.

Los fantasmas me generan una singular atracción luego de haber leído durante el CBC el libro “Los otros”, de una autora cuyo nombre no recuerdo y no pude ubicar. En el libro se incluye a los fantasmas en el grupo de “los otros”, los personajes típicos de la literatura que nunca son protagonistas, y por supuesto, nunca tienen la palabra, no cuentan la historia (les suena?). Y así la autora invita a producir un cambio radical: darle la palabra a los otros, a los marginados, los que han permanecido sin voz. Como verán, un mensaje social más que revolucionario, que trasciende sin duda el ámbito de la escritura, la semiótica o el periodismo.

Y es que las películas de terror, por largas que sean, tarde o temprano terminan. Este es el mensaje que quería dejarle a mis colegas invisibles. Ojalá algunos pasen, comenten, y firmen; dense el gusto de romper el silencio fantasmal y empecemos a cambiar la historia.

Y disculpen aquellos a los que no les gusta el divague semiológico de las 3 de la mañana. Seguiré analizando en el futuro otros términos inventados y reales acerca del periodismo o el mundo académico, pero prometo hacerlo a horas más razonables donde la cabeza funcione como corresponde.


Crónicas de la UBA I

julio 13, 2008

En el año 2007 tuve el gusto de cursar la materia “Planificación de medios”, elegida especialmente como optativa. Y si bien ésta forma parte de la orientación en publicidad y opinión pública, me enseñó bastante acerca de los medios en relación a la práctica periodística.

Una anécdota que vino hoy a mi mente fue la clase en la que hablamos de PNTs, eso que no se debería hacer en TV pero se hace. Algunas más sutiles (las más efectivas), otras originales, las hay descaradas y aburridas, en especial cuando el conductor de un programa, en medio de la información hace una pausa, y como si se pusiera un casetito invisible, recita en cámara el texto publicitario indicado por los productores cual niño de primer grado que repite el poema que la maestra mandó de tarea.

En aquella clase, recuerdo que me aventuré a sugerir un ejemplo que yo consideraba de lo más efectivo y sutil, casi imperceptible. Me referí a los enormes vasos rojos con la marca de “Coca Cola” que los jurados del concurso American Idol tuvieron delante de sus caras durante todo el período de casting y del teatro. No sólo Coca Cola lograba así una presencia casi continua en la parte más interesante del show, el más visto en EE.UU., sino que además llegaba a todos los países a los que se vendía el contenido.

“No creo que haya sido por eso”, fue la respuesta que obtuve en ese momento de los profesores,  descartando que se tratara de una estrategia para llegar a todo el mundo, de la firma que efectivamente llega a todo el mundo. Pasó la posta a otro alumno que seguramente apuntó un comentario inteligente, porque hay que admitir que el nivel de la clase era excelente.

Lo de los vasos es muy evidente, de hecho ni al creador de Family Guy se le pasaron por alto a la hora de parodiar al famoso show. Y tan buena idea resultó ser este PNT, que ahora Pepsi hace lo propio en Latin American Idol, no sólo poniendo su estampa en los vasos de los jueces sino que doblan la apuesta y suman un concurso de diseño para el logo (de Pepsi, of course) que estará grabado en los vasos.

No se puede estar en todo, algunos vana ver el negocio en donde otros lo descartan. Sólo un ejemplo de que a veces hay que seguir el propio criterio, y otras dar lugar a las ideas de los demás.