Gracias por las risas

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Cuando era chica la radio y la música me ayudaron a abandonar la tele, las miles de horas de dibujitos animados, y otras barbaridades.

Como quería ya ser periodista me pareció lógico que me gustara también la radio, hasta que un día me di cuenta de cómo escuchaba la música y cambiaba automáticamente el dial cuando comenzaban a hablar las frenéticas locutoras con lenguaje estilo teen. Descarté la radio por lo menos por unos cinco años más.

Hasta que un día, volviendo de Mar del Plata de vacaciones con mis padres, escuché el programa de Dick Alfredo en FM Energy. No recordaba haberme reído tanto en la vida.

Cuando se pasaron a la noche en Rock&Pop no los abandoné más, a Dick, a Palito, a la Mega, a Roberto Flores, y a mi preferido, Martín Revoira Lynch. Y cuando pasaron a las mañanas, me acompañaron ocasionalmente en esos largos y difíciles viajes a Lomas de Zamora.

Tal fue la mimetización que a cada rato me sorprendía a mi misma repitiendo algo que “Fer” o “Fernando” había dicho alguna vez. Lo llamaba por el primer nombre, como si fuera un amigo. Hasta sentía que lo conocía, que sabía cómo pensaba. Pero claro, él nunca era si mismo en la radio.

Fue la persona que me enseñó que alguien que piensa lo contrario de mi opinión en todo, puede ser absolutamente genial.

A cuatro años, gracias por las risas “puto”, te extraño.

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