Drive

drive edit

Pido disculpas por no haber dejado este año el correspondiente saludo por el Día del Periodista. Envié por Facebook solamente mi frase preferida de Rodolfo Walsh, que verán en la columna derecha de CenC. Pero no quería dejar de saludar a mis colegas invisibles; pese a que hoy no los acompaño más, sigo muy cerca de ellos y están para siempre en mi corazón.

Así como aquella vez les compartí esa reflexión sobre la escritura fantasma, este año la celebración de la fecha me encuentra en una situación distinta pero no menos compleja. Aquí está entonces mi complejo periodístico de este año:

Drive, además del verbo conducir o manejar (un automóvil), significa en inglés hacer un esfuerzo para alcanzar una meta u objetivo, desarrollar vigorosamente algo hasta una conclusión.

Voy a dejar la etimología ahí para no sonar como la Presidenta de todos los argentinos cuando nos explicó que el “cepo” era un titulo mediático, basado en “un instrumento de tortura del siglo XIX”.

Drive es un concepto que aplica a alguien muy dinámico, lleno de energía, determinado a hacer lo que sea necesario para llegar a su objetivo. Pero por sobre todo, es un concepto que se aplicaba a mí, a mi forma de ejercer el periodismo hace menos de dos años.

Tener drive implicaba para mi sobrellevar días de trabajo de 20 horas en continuado, en las que sólo paraba para comer, bañarme o viajar, y dormir las cuatro horas que quedaban para levantarme al día siguiente con la misma energía para hacerlo todo de nuevo, incluso sábados y domingos. Era ser feliz con mi profesión a pesar de ejercer en esas condiciones. Era haberme puesto hace años a mi familia de cabeza por haberla elegido y pese a todos sus augurios, luchar por poder vivir de lo que amaba.

Así era capaz de levantarme antes que el gallo para hacer cables de la industria de alimentos de Latinoamérica en pocos minutos, pasar siete horas escribiendo notas de negocios en español e inglés para que firmara otra periodista, y terminar el día cerrando artículos propios de interés general, lujo, celebrities, lo que fuera y hasta que las velas no ardieran. Todo sin dejar de hacer el blog de moda que tantas satisfacciones me trajo.

El tema nunca importó. Hubo notas que me gustaron más que otras. No era el punto. Siempre me jacté de poder encontrar una historia interesante en cualquier lado. Esa era, según entendía, mi función y mi habilidad.

Poco a poco me animé a sentirme un as de periodismo “revisteril”, capaz de cerrar notas de urgencia en cuestión de horas, sacando trucos de la galera que hasta a mi misma me sorprendían. Incluso recuerdo con cariño esa columna sobre diseño que me pidieron una vez y escribí íntegramente de madrugada. Es lo mejor que redacté hasta el día de hoy.

Pasar por un kiosco de diarios era la frutilla del postre. Cada mes encontraba dos o tres revistas, y alguna vez una tapa, que tenían mi sello. La gente compraba un ejemplar y en alguna parte del mundo leía mis notas, se informaba conmigo, y le gustaba o no aquello que yo había preparado para ellos. Y para las notas que no veía porque eran para medios del exterior, me bastaba pasar por el banco.

En esas ocasiones recordaba aquella vez cuando todavía estaba cursando el CBC y al volver de bailar una madrugada paré a desayunar con unas amigas en el local de una estación de servicio. Afuera de la ventana un camión descargaba los diarios del domingo en un kiosco, y sin entender bien por qué, mis ojos se llenaron automáticamente de lágrimas. No podía detenerlo ni explicarlo. Me pareció la escena más linda del mundo.

Había elegido bien, a pesar de los augurios. Ahora faltaba concretarlo, y para eso me sobraba drive. Hacia allá me dirigí sin pausa ni desvío.

Drive era algo que tenía hasta hace menos de 24 meses, cuando ante la oportunidad de hacer periodismo 9 horas al día sucumbí y dije que sí. Hoy me falta la energía para escribir una sola letra fuera de ese período de tiempo. Y en ese lapso lo hago casi mecánicamente.

La necesidad de perder tres horas al día viajando (de las cuales una la paso caminando), la posibilidad de dedicar un cachito de tiempo a esas cuentas pendientes que el drive me había impulsado a postergar (desde los amigos hasta la salud), fueron poco a poco apagando el fuego.

Pero no sólo me falta tiempo, me faltan ideas. Seca es la palabra. Quemada, me dicen algunos. Todo tiene un límite y parece que el drive también. ¿Puede ser que sea más de naturaleza revistera que del periodismo de actualidad? La autoexigencia es otro de los factores, me pido demasiado a mi misma y me impongo una presión innecesaria.

Más aún, me falta la alegría. El disfrute se fue con el drive a otra parte y no sé dónde ni cómo ir a buscarlo. No escribo una sola nota que me guste o me llene de orgullo. Ahora el tema me da lo mismo también, pero de otra manera.

Y esa sensación de poder llevarme el mundo por delante, esa seguridad que no me abandonó pese a haber sido la única segura de que estaba haciendo lo correcto, fue reemplazada por un constante sentimiento de duda. No me creo capaz de nada. Si antes me animaba a todo, ahora todo me queda grande. Fuera de mi alcance, de mi capacidad. La calidad es de otras personas, a mi se me escapa.

Después de meses de meditar sobre este asunto, logré identificar algunos de los factores responsables de este estado. Autoexigencia es uno muy importante. Falta de tiempo, puede ser. Tener repartida la cabeza en 20 pedazos y miles de temas por trabajar con coyuntura es otro. Enfocarse es más difícil.

El karma, lamentablemente, no me ayudó tampoco. Sólo para mencionar algunos ejemplos recientes, el descenso de Independiente, el incremento de los precios en el edificio en donde quería un departamento (para resolver el tema de las tres horas de viaje diarias) que me dejó fuera de carrera, el amor de mi vida que se empeña en no llegar nunca, todo jugó en contra de mi energía.

La mala racha lleva meses y no parece tener ganas de terminarse: este fin de semana negro me enteré además de todo esto que trabajaré en Navidad. Cuando tenía drive, por ejemplo, este dato ni me hubiera importado.

Comodidad, lamento decirlo, es otro factor. Quizás después de tanto tiempo de no poder desviarme del camino por el que me llevaba esa ambición, haber llegado a algún tipo de destino implica cierto relajo. Mi energía disminuyó en proporciones épicas y no sé cómo recuperarla. Las cortas vacaciones no ayudaron en esto. Unas más largas quizás lo hubieran empeorado.

Pero no estoy conforme con relajarme. No soy esta criatura dubitativa que se cree incapaz de hacer algo extraordinario. Soy la que se llevaba el mundo por delante. Sólo necesito recuperar mi drive. Es de las pocas seguridades que me quedan.

Finalmente, aclaro que no me deprime ni me asusta este estado. “This time will pass” decía U2 y es algo en lo que creo firmemente. Un escalón más en este camino en subida que es ser una periodista en construcción.

Si comparto todo esto es precisamente para saber si alguno atravesó una situación similar y puede sumar algún consejo. Teléfonos de asesores vocacionales que sepan de periodismo se aceptan también. Y por sobre todo, me servirían unas buenas noticias.

Saludos y feliz Día del Periodista atrasado
PK

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